Ucrania o la nostalgia de Merkel

Actualmente no hay un interlocutor en Europa para Putin como Merkel. Y no porque Merkel fuera mejor o más sabia, sino por una cuestión sentimental que unía a ambos, y que en las actuales circunstancias de guerra, o para no hacerla tan determina y cruenta (pues la guerra lleva desde 2014), sería importante.

Esa cuestión sentimental, pero que más valdría decir moral, y que va mucho más allá de los tubos de gas, es que Putin habla alemán y Merkel habla ruso, sobre todo esto último. En segunda instancia, que, cuando el mundo se creía claro y definido, Putin tuvo destino en Alemania, y Merkel viene de la RDA.

Pero en lo esencial, que Putin tenga un interlocutor occidental con el que pueda hablar en ruso al mismo tiempo que en alemán, dado el caso particular, que puedan compartir cierta dosis de alma, no es una broma ante la categoría del conflicto. Si no, las cuestiones diplomáticas carecerían de valor.

Es posible, pues, que si Merkel siguiera gobernando, no es que se hubiera solucionado el conflicto, que, como sabemos, va más allá del año 2014, cuando las armas tomaron lugar, pero es posible que actualmente no se hubiera resuelto de tan explícita manera, con los ejércitos de cada cual identificados.

Por ejemplo, la ocupación de Crimea se inició con unos soldados sin identificar, que no se sabía de dónde venían y a quién representaban, y en el control del Donbás Rusia siempre ha negado su intromisión efectiva, pero no su simpatía y apoyo. Ahora estamos en un paso más en el que la invasión militar es efectiva y reconocible por parte de Rusia como estado; en que Putin ha optado por la guerra efectiva y directa.

¿Qué hubiera hecho Merkel en la situación actual o si antes Rusia hubiera actuado tan sangrientamente? Eso se lo ahorró Putin a Merkel, y Merkel creía que se lo ahorraba al mundo, aunque quizá solo era una manera de retardar el conflicto definitivo; de ahí que ahora se critique a Merkel por la herencia, sobre todo en referencia a la dependencia energética.

Muchas veces se dice que si Putin está loco, y, por extensión, que si los rusos son esa gente incomprensible que no nos conviene, de la que hay que desconfiar e incluso huir. Esto, por una parte, fomenta el error de nuestra percepción, pero al mismo tiempo la mitología del supuesto misterio ruso; hacemos a los rusos más “rusos”, y eso parece reconfortar a ambos lados, las distancias como hermosuras insalvables, la literatura, los tópicos en sentido crudo, como emblema de las relaciones.

Una cuestión es la postura euroasiática que ha adoptado Putin y otra la desconfianza, o incluso la revancha, occidental. Putin no está loco en sentido clínico o de enajenación mental. Putin es un pragmático, se dice, desde una posición que no es europea o pro-occidental (ni siquiera democrática). Y la cuestión es, con respecto a esa postura euroasiática, ¿por qué tiene que cambiarla o no adoptarla? De la misma manera, Ucrania tiene derecho y libertad para la libre elección de sus alianzas, algo que Rusia como estado, encarnado en la persona de Putin, nunca ha querido permitir; porque Ucrania, como ningún otro país del este europeo, es un trozo del corazón eslavo de Rusia; mejor dicho, además de una importante pieza estratégica, es un trozo esencial del corazón eslavo, que no tiene por qué depender del Estado ruso. He aquí la difícil solución del conflicto, la chispa que amenaza con arrasar con todo.

Así, ante la gravedad y la dimensión que ha adoptado el momento, en que no se vislumbra una salida pacífica ni amable, podemos siquiera recordar que si en el mundo existiera una habitación en la que Putin y Merkel pudieran compartir un piano y un violín y hablar indistintamente en ruso y en alemán, quizá no hubieran solucionado el conflicto, quizá, incluso, sería la tabla de salvación de Putin como héroe del Estado Ruso, pero quizá tampoco se hubiera llegado a este grado de enfrentamiento armado, independientemente de todo el gas ruso del que bebe Alemania. Al menos Putin tendría un reflejo en este lado del mundo, del supuesto occidente vacío y miserable, en el que reconocerse y consolarse, y al que decir: Al menos tú no eres como ellos, querida Angela.

Los supuestos intentos de Macron son en vano. Ni siquiera le resultan confiables y apaciguadoras a Putin las palabras que pudiera decir en un francés diplomático o en un ruso macarrónico: Te comprendo, Vladímir, pero…

Resulta triste, y en cierto sentido ridículo y hasta cursi, o incluso falsario, que a la bestia solo le pueda parar la “bella”. Por eso, todas las soluciones que se ponen sobre la mesa son de una gran carga de tensión, y la incertidumbre se confunde con el miedo; y la esperanza, con el terror.

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